GIGANTE

Manu: por qué es tan valioso a los 39

13 de mayo de 2017 - 17:46 hs  |  Por: Julian Mozo @JulianMozo

Ginóbili sigue siendo importante en un perenne candidato al título y en los máximos escenarios por diversos motivos. El principal tiene que ver con su click mental, el haber aceptado (y ajustado su juego) para un nuevo rol y estar disfrutando más que antes, sin presionarse tanto.
Por: Julian Mozo
En Twitter: @JulianMozo


Que Ginóbili, a dos meses de cumplir 40 años, siga jugando tanto y teniendo momentos de tanto valor –como fue definir un Juego 5 de una semifinal de conferencia- para un perenne candidato al título debería ser materia de análisis. Psicólogos, técnicos, familiares, directivos, compañeros, rivales, nutricionistas, preparadores físicos... Todos podrían (y deberían) opinar porque no es común que a una edad en la cual la mayoría de los NBA –sin importar si fueron estrellas o no- sólo juega en el aro del patio de la casa con sus hijos, el argentino siga siendo importante, lejos de ser un jugador de relleno. Apenas Dirk Nowitzki, a esta edad, se acerca al protagonismo y las prestaciones de Manu. Motivos basquetbolísticos para desarrollar hay, porque si hay un tipo que además de nacer con virtudes trabajó para ganarle a la Madre Naturaleza, ése es Manu. Que hay razones genéticas y de salud tampoco se puede dudar, ya que si existe un deportista que ha sido un profesional ejemplar incluso antes de serlo (se metió en un gimnasio a los 18 en una época que ni los mejores argentinos lo hacían), ése ha sido el bahiense, con rutinas de descanso, alimentación y acondicionamiento que abruman de sólo escucharlas.

Pero mi tesis favorita para explicar esta vigencia que despierta admiración en el mundo tiene que ver con un intangible, con un cambio que ha sucedido en su vida interior, con un proceso de maduración que terminó con el famoso click y le ha permitido empezar a disfrutar de otra forma esta parte final de su carrera. Una forma de relajarse, de dejar fluir, de ver las cosas de otra forma, para estresarle menos y rendir más. Por ahí puede pasar esta “sobrevida profesional” y esta muy buena temporada que permite pensar que tal vez esta no sea la última campaña, como parecía hace algunos meses… Cuando escribí su libro, no de casualidad decidí titularlo el Señor de los Talentos... El bahiense nació con algunos, sin dudas, pero a otros los cultivó, pulió y/o desarrolló. Y el último en su larga lista ha sido, gracias a su gran dominio del ego, cómo dejó de presionarse, abrazó otro rol sin castigarse y empezó a gozar de ayudar desde otro lugar, quizá no tan protagónico. Un cambio que se puede reflejar contando una anécdota que tiene 12 años…

22 de Junio de 2005. En la casa que Ginóbili y su familia tienen en el barrio de Stone Oak el clima se corta con cuchillo. Los Spurs vienen de perder el sexto juego de la final de la NBA que ahora está 3-3 y el humor de Manu no está para escuchar hablar de básquet. Y menos para recibir consejos o indicaciones. El golpe recibido de local, en una noche que tenía todo preparado para ser la fiesta de coronación, es fuerte y su introspección es total. El proceso de sanación y concentración va por dentro y no quiere escuchar comentarios de nadie en la familia. Ni siquiera de los hombres, pese a que su padre Jorge ha visto más básquet que él, que su hermano Leandro jugó como profesional en la Liga Nacional y que Oscar Sánchez es uno de los entrenadores más importantes del país. Yuyo y su amigo el Huevo son tan fanas del deporte que no pueden estar tantas horas sin hablar de básquet, entonces se meten en el baño para hacerlo sin molestar a Manu y debaten sobre cómo está jugando él y el equipo, cómo pueden romper la durísima defensa de los Pistons... Pero no pueden más que eso. Ginóbili prohíbe expresamente hablar y ver básquet en las horas entre partidos. Prefiere hablar poco y nada, encerrrarse en sí mismo, sin aceptar comentarios ni leer nada en la prensa. Sólo escucha lo que deban decirle los entrenadores o compañeros. Así fue durante muchos años, una máquina competitiva que tenía una rutina armada que no modificaba en lo más mínimo. Qué comer (pollo o pasta), a qué hora descansar o a qué hora salir a la cancha. Y ojo si alguien se atrasara (sin importar el parentesco), seguramente podía perder el viaje al estadio en su auto…



Estas situaciones ya no suceden en la actualidad. “Hoy, en cambio, se puede hablar por teléfono incluso el día del partido. Antes Manu se abstraía mucho y la vida de playoffs lo estresaba bastante. Ya no pasa, lo vive de otra manera”, explica alguien cercano que lo conoce muy bien. Y, sobre todo, que está al tanto del proceso de maduración interior que vivió Gino. Todo comenzó cuando fue padre, hace siete años. No fue inmediato, apenas resultó el comienzo de un cambio. La presencia de los melli le fue modificando, de a poco, la perspectiva de su vida deportiva. “Manu empezó a notar que cuando llegaba, de perder o jugar mal y él estaba frustrado o triste, los melli lo recibían igual. Entonces empezó a poner todo en perspectiva, darse cuenta que tal vez no tenía sentido ponerse tan mal”, explica otra persona que fue testigo de ese proceso. Manu lo explicó hace años: “Volver de la cancha y ver que te vienen a saludar, contentos, emocionados, sin importarles si hiciste 30 o 0, si ganaste o perdiste, me hizo darme cuenta que las broncas y tristezas no podían durar tanto”, contó. Volcarse más a la vida de padre, desayunar y jugar con ellos, llevarlos a la escuela o contarles cuentos de noche, lo sacó un poco de su centro, lo hizo tomar otra perspectiva y ayudó a producir ese click que colaboró para un mayor disfrute.

Otra verdad que se reveló frente a él y le permitió empezar a pensar en otra forma el básquet tuvo que ver su declive físico, que le dio pautas claras que ya no podía desequilibrar como antes. El click, puntualmente, lo hizo durante y después de las fatídicas finales del 2013 ante el Miami de LeBron. Aquella definición que los Spurs tenían en el bolsillo, pero el increíble triplazo de Ray Allen forzó el suplementario y todo lo que vino después ya es conocido… El Heat les arrebató el título a los Spurs y Manu se quedó sin nada. Pero, al menos, aprendió, que no es poco. La defensa de Miami, muy física y sólida, había terminado de dejar expuesto que Manu no era el de los años dorados, que la potencia no estaba como antes en sus piernas y que sus prestaciones, como anotador, ya no eran tan confiables. Y no la pasó bien, ni en los partidos ni en el antes y después… Se lo notó tenso, frustrado y vulnerable como nunca, sobre todo en las ruedas de prensa, incluso con los periodistas argentinos que conocía desde hace años. Así fue, que con el paso de las semanas y la llegada de las vacaciones, se empezó a dar cuenta de que se estaba presionando demasiado por rendir como antes. Concluyó que otra etapa debía comenzar, con aportaciones muy importantes, pero corriéndose del lugar de figura esencial y decisiva. “Manu sigue siendo un deportista furioso por ganar, pero por momentos. El cambió por completo la perspectiva de lo que es la victoria y la derrota. Fue un proceso que masticó y maduró hasta que hoy lo toma de otra forma. Y eso lo calmó y benefició, sin dudas. Y es parte importante de su éxito a los casi 40 años”, dicen desde su círculo íntimo. El escolta contó, alguna vez, cómo cada temporada se empecinó en hacer la lista de los 20 más viejos y cómo encontrarse subiendo ese listado (“Primero estaba 14°, luego 11°, más tarde 5° y ahora quedé 2°”, precisa) le ayudó a bajar un cambio sobre lo que debía aportar. Así fue que Manu cambió mentalmente y, más ubicado y conforme con tener un rol menor (aunque igualmente útil), la empezó a pasar mejor. Hoy se nota que tiene otro chip y eso, está claro, le salvó (o estiró) su carrera. “Siento que yo ya di todo y que hoy estoy jugando un suplementario, tratando de ayudar al equipo en todo lo que pueda en estos 18/20 minutos. Si sale bien, genial. Y si sale mal, qué vamos a hacer…”. Esta frase, dicha en un podcast con el sitio Básquet Plus, resume su sentimiento actual.

Todo este proceso contado hizo que Manu “se humanizara más”, como describió el Puma Montecchia. Por eso no sorprendió que decidiera ir a los Juegos Olímpicos. Hacía años, él lo había descartado. Pensando siempre con una cabeza estadounidense, como la que tiene MG, creía fríamente que no llegaría bien, que no era lo mejor, total ya había jugado tres anteriormente y tenía dos medallas en su casa. Pero, claro, con el tiempo, empezó a comprender que le faltaba ir a disfrutar y concurrir con sus “amigos de secundaria” (como se puede describir a lo que resta de la Generación Dorada y los que se suman al tren como El Alma) sin la presión de ir a buscar un resultado, un metal más… Y así fue que se dejó llevar, en otro aprendizaje, buscando el desarrollo de un nuevo talento. Antes, dejar fluir no existía para Manu. Pero se dio cuenta que era hora, que lo disfrutaría. Por eso la sentida emoción en el último partido en el Orfeo, cuando una ovación bajó de las tribunas cuando él estaba dando la nota post partido. Por eso el llanto que pocas veces (o nunca) vimos en público tras la eliminación en Río 2016. Manu gozó como nunca del agradecimiento del hincha argentino, que tiene a la Selección de básquet como todo lo que bueno que existe en el deporte argentino…

Esta maduración interior se nota en la cancha. Ya sabe que ya no es el sustento ofensivo, que el gran peso del ataque recae en Kawhi Leonard y, en menor medida, en LaMarcus Aldridge. Incluso Tony Parker, Pau Gasol y Patty Mills tienen más obligaciones de anotar que Gino. El juego pasa por otras manos, aunque el bahiense sigue siendo esencial. Porque el motor, lo que hace distinto a San Antonio, es la circulación de pelota y en ese rubro Manu siendo siendo el mejor. El cerebro más lúcido, el mejor pasador, el que ve toda la cancha y toma las mejores decisiones. A quien no le pesa nunca la pelota, como se vio en el épico Juego 5 ante los Rockets. También se beneficia por el actual contexto. Las defensas ya no se focalizan en él, no lo presionan tanto, entonces tiene más espacio y tiempo para tomar decisiones o lanzar. Y, con tiempo y espacio, Manu es muy útil. Su visión y capacidad de pase son tan buenos o mejores que las de un armador, el tiro largo goza de una muy buena salud (39% en la fase regular) y la penetración la deja en segundo plano hasta que lo presionan demasiado, porque sabe que su potencia de piernas no es la de antes. Gino conoce muy bien sus virtudes y, a la vez, las limitaciones. Algo clave para trascender en el tiempo y tener semejante vigencia. Manu sabe qué, cómo y cuándo hacerlo porque tiene una computadora en la cabeza. Por eso, sano y sin lesiones, no tiene fecha de vencimiento. De lo contrario, hay que preguntarle a Harden y los Rockets…

Buscar

V
BUSCAR